martes, 29 de abril de 2014

La tentación: El problema que enfrentamos

EL VOCABLO TENTACIÓN trae a la mente diferentes cosas para cada uno de nosotros. Para algunos, esta palabra indica un delicioso helado de crema batida y nueces. Para otros, es el hombre o la mujer quien ha venido a ser el objeto de fantasías sexuales secretas en la oficina. Para el negociante que vive bajo una presión inflexible, puede ser la taberna de la esquina. Para la mujer que hace tiempo perdió el fervor de ser esposa y madre, puede ser la farmacia de la esquina donde sabe que puede conseguir que le vendan esa receta de calmantes una vez más.





Para el adolescente, el vocablo tentación puede traer a la mente una botella de cerveza, un paquete de cigarrillos o un miembro del sexo opuesto con quien los padres le han prohibido mantener amistad. Puede ser el deseo incontrolable de librarse de una comida obligándose a vomitarla para no aumentar de peso. Tal vez la tentación tiene algo que ver con estantes de revistas en un comercio local o el lugar donde se alquilan vídeos.

Piense un momento. Cuando usted oye el vocablo tentación, ¿qué le trae a la mente? ¿Qué cuadros y emociones le vienen a la mente? ¿Qué esfera de la tentación le gustaría hallar incluida en este libro? ¿Cuál es su tentación más grande?

La esperanza de vencer su tentación más grande puede parecerle débil ahora mismo. "Ya he tratado y fracasado tantas veces en el pasado", tal vez diga. "¿Por qué desalentarme otra vez?" Hay varias razones por las cuales puede volver a luchar otra vez. Primero que nada, un hábito que le provoca derrota en su vida le robará su confianza en el poder de Dios para darle la victoria sobre el pecado. En consecuencia, usted vacilará en presentar a Cristo como la solución a otros que están controlados por el pecado. Un hábito pecaminoso en su vida destruirá su incentivo de compartir su fe. Usted se sentirá como un hipócrita. Y en esas ocasiones cuando reúne suficiente convicción para decir algo,  no tendrá la confianza que tendría si fuera libre.

Uno de los resultados inmediatos de ser liberado de un hábito que lo controla es el deseo de compartir con otros el poder de Dios que ha sido experimentado. A Satanás le gusta mantenernos en esclavitud porque disminuye grandemente nuestra capacidad. Nos sentimos como hipócritas y también podemos parecer hipócritas si otros conocen nuestro pecado.

Yo he conocido a varios creyentes que nunca fueron seriamente motivados a dejar de fumar hasta que se rindieron para hacer un impacto en su mundo para el Señor. Una persona comentó: "Nadie me va a tomar en serio mientras yo siga fumando. La gente me mira como diciendo: 'Si Dios es poderoso, ¿por qué no te ayuda a dejar de fumar?" Esa es una pregunta válida.

Otra razón por la que usted tiene que recobrar esas esferas de su vida en que ha resbalado, consiste en que decidir no bregar con el pecado, lo lleva finalmente a lo que la Escritura llama un corazón endurecido. Un corazón endurecido se produce cuando la gente oye la verdad y la cree, pero rehúsa aplicarla. Producir un corazón endurecido es un proceso que lleva tiempo. Pero cada vez que los creyentes reconocen que hay pecado en su vida y, sin embargo, no hacen nada al respecto, se vuelven menos sensibles a la dirección del Espíritu Santo. Finalmente, llegan al lugar donde no sienten ninguna convicción de pecado. Se endurecen y apagan al Espíritu en sus "idas (1 Tesalonicenses 5:19), lo cual es muy peligroso.

La Biblia advierte que si dejamos que este proceso continúe, finalmente Dios nos entregará de nuevo al pecado. O sea, en un sentido, él dice: "¿Tú quieres vivir a tu manera? Bien, hazlo, y sin ninguna interferencia de parte mía." En ese momento los creyentes pierden toda dirección moral y ética en lo que respecta al Espíritu Santo. Ellos están solos. Yo creo que esto es lo que le pasó al hombre que describe 1 Corintios 5 que llevaba una relación de incesto aparentemente sin ningún remordimiento. Creo que el hombre no obedeció las instrucciones del Espíritu Santo, y Pablo dice que fue entregado a Satanás. Tal es el riesgo que corremos si no nos encargamos del problema del pecado.

Extraído del Libro "Tentado, no cedas" por Charles Stanley
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